* YASUNÍ, El ballet acuático y la vaca voladora

..Inmóvil…, en el profundo silencio que produce la emoción de vivir algo extraordinario, miro a las lagunas del Yasuní titilando en un fulgurante atardecer amazónico. Apenas si me atrevo a respirar, por el mismo miedo sutil que da despertarse de un hermoso sueño. Más allá de mi sombra avanzan saltando, en su ballet privado de bufidos estridentes y acrobáticos saltos aéreos, dos delfines rosados que se pierden tras la silueta del catamarán Andarelle, que lento, casi irreal, con sus velas al viento, navega sobre volutas inconsútiles de luz.“!…Alejandro el micrófono…! “, me grita entonces Siegmund Thies, algo enojado por mi ensimismamiento, mientras presiona el obturador de la cámara para filmar a un grupo de lagartos que nadan perezosamente a nuestros pies. Retiro el micrófono que invadía el campo de cámara y regreso a la realidad.
Pero en el Yasuní la realidad se parece al sueño. Una bandada de cientos, tal vez miles de garzas azules llegadas desde el matto grosso brasileño para anidar, se eleva en una concertada explosión de plumas y brillantes colores al cielo escarlata de la tarde, para enseñar a volar a sus polluelos; y casi de inmediato, como siguiendo la partitura de una orquesta, un aleteo brusco a nuestras espaldas y una sombra grande algo desgarbada, nos anuncia la presencia del watsin, un auténtico fósil viviente, un extraño pájaro rumiante con garras en sus alas, una auténtica vaca voladora que sobrevivió a la muerte de sus coetáneos, los dinosaurios, gracias a que el Yasuní no se congeló en la última era glaciar.
Monos, bufeos, pájaros rumiantes, manatíes, garzas azules, anacondas gigantes, más que un paisaje natural, esto se parece a un enigmático cuadro de El Bosco. Y al reflexionar sobre esto me acuerdo de mi padre, quien sembró en mí la pasión por la aventura y la naturaleza, y que en un lejano día de mi infancia, ante mi desbordante asombro por los jardines de ficus, romerillos, pantzas y chuquiraguas de los Andes, me dijo: “Ni la más poderosa imaginación humana supera a la fantasía con la que se hizo, con la que evolucionó la naturaleza”.
No estoy seguro de haberlo entendido en ese entonces, pero para describir al Yasuní resulta preciso. Nadie podría imaginar un lugar igual, ya que pocos o quizá ningún rincón del planeta alberga dos mil especies de peces, mil ochocientas veinticinco de árboles, quinientas sesenta y siete de aves, ciento ochenta y ocho de reptiles y anfibios, ochenta de murciélagos, cincuenta de palmeras. ¿…Qué lugar de la tierra da vida a cien mil insectos por hectárea…?
Surge entonces la pregunta: ¿quién puede ser capaz de destruir esta maravilla de vida que sobrevivió hasta a la glaciación pleistoceánica? Y aquí, desgraciadamente, también la realidad supera a la fantasía; y nuevamente los monstruos renacentistas de la pintura de El Bosco, sirven para describir a algunos seres del lado oscuro de la humanidad del siglo XXI. Las todopoderosas empresas petroleras transnacionales y su horrible maquinaria de destrucción, corrupción y muerte, creada para alimentar el despilfarro de los países desarrollados; los todopoderosos señorones y señoronas de la partidocracia social-cristiana y populista ecuatoriana, que sin escrúpulo alguno licitaron al Yasuní para su exterminio; la abulia cómplice de los demás, con toda su hipócrita justificación de que es el precio que hay que pagar por el desarrollo.
Pero surge también la esperanza de que los esfuerzos de la Comisión Yasuní – ITT, del Gobierno Nacional, de los grupos ambientalistas y de la mayoría de pueblos indígenas ecuatorianos: salven al Yasuní.
Alejandro Santillán Magaldi
Yasuní, 20 de mayo de 2009
Volver a Catamaran Amazónico
Sin comentarios »
Aún no hay comentarios.
URL para Trackback